sábado, 11 de febrero de 2012

DECIR: “PERDÓN”


El poeta Manuel José Arce  -como no podía ser de otra manera-  sufre el arrebato de su estro magistral en esta exquisita pieza literaria que es también un auténtico ensayo de moral. De moral viva, cotidiana, auténtica, sincera; no un tratado de ética que sólo es una referencia teórica (la ética es la teoría de la moral) en un curso universitario y la cual entra por un oído y sale por el otro. Los grandes éticos siempre han sido los más grandes perversos, porque nada mejor para conocer las carencias de un ser humano que atenernos al viejo aforismo popular de “Dime de que presumes y te diré de qué careces”. El perdón es el amor. Todo ser humano que ama de verdad sabe perdonar. Por ello, sin decirlo de manera explícita, el poeta guatemalteco nos da una lección trepidante y vital de moral, consciente de su mal obrar y de sus hipocresías. Esa es su grandeza y la de todo hombre: estar consciente de sus imperfecciones y de la imperiosa necesidad conversión, de renovación; no a través de la religión, sino partiendo del respeto a sí mismo, para respetar a los demás. La ética es un artefacto intelectual que está demás en este mundo. La moral no, porque es el referente práctico y consecuente de la relación con todas las personas, sus derechos y su dignidad. Luciano Castro Barillas.


“Perdón” es una de las más hermosas palabras del idioma. “Perdón” es el momento cuando el hombre tiene valor de medir su propia limitación, reconoce su capacidad de error y admite el derecho de los demás, la dignidad de los demás, la individualidad de los demás. “Perdón” es el puente por sobre las ofensas y los atropellos, por sobre las heridas y los abusos. Es el camino de regreso hasta el punto de partida del egoísmo. “Perdón” es el salvavidas de la amistad, del amor, de la fraternidad. Es reconocer que en la prisa de nuestros gestos podemos lastimar, equivocarnos, ser injustos y ciegos. “Perdón” fue la palabra que me regaló un día mi padre cuando se dio cuenta que el castigo había sido injusto, o excesivo. “Perdón” fue el pedestal que él erigió para mi dignidad de niño, pero fue también piedra grande en los cimientos de mi amor por él.

“Perdón” es la voz del desvalido frente a la ira ciega del victorioso. “Perdón” es la voz que demanda los derechos del miedo. “Perdón” es la consigna que resucita la clemencia sepultada bajo paletadas de odio. “Perdón”, digo, es una de las más hermosas palabras del idioma. Y por hermosas es perseguida. Y por hermosas es prostituida. Y por hermosas es vendida, manipulada, ensuciada.  Porque en este tiempo de simulaciones, hasta las palabras más nobles son víctimas de la falsía, del cálculo, de la simulación. “Perdón” es una palabra que sirve de patente de corso para justificar anticipadamente las injurias, los atropellos, las indignidades.

“Perdón” se vuelve la mampuesta del alevoso. El burladero de los cobardes. La coartada de los rastreros. La justificación de los viles. El sitial de los bellacos. La trinchera de auto-humillación de los castrados. Quien ofende teniendo anticipadamente preparada la frase de demanda de “Perdón” es dos veces despreciable, es más digna de asco que de compasión. Pero sucede que en nuestro tiempo, no habiendo ya más qué prostituir, qué convertir en mercancía, en moneda falsa, se ha llegado a prostituir hasta las más nobles palabras del idioma común, del oxígeno colectivo del pensamiento, de este santo y amplio camino de la Humanidad que es el lenguaje.


DEBO PEDIR PERDÓN

He sido mordaz, hiriente y agresivo. Mi sentido de humor y agresividad de polemista, han tenido con frecuencia la cáustica textura del chichicaste en la piel ajena. A veces me río de mí mismo. Pero eso no me lastima ni me hace daño. Hasta cómo me resulta. Pero cuando me río de los demás, mi risa se vuelve cruel, irresponsable. Y acaso ellos no tienen esta manera de reírse de ellos mismos que me proteje a mí. Por esto y por otras cosas debo pedir perdón. Debo pedir perdón porque he sido intolerante con las ideas ajenas. A veces el convencimiento de mi propia manera de pensar me vuelve fanático. Llego a creer que soy el único poseedor de la única verdad. Entonces es cuando más equivocado estoy.

Debo pedir perdón porque he sido irrespetuoso conmigo mismo.  Y si no me respeto a mí ¿cómo aprenderé a respetar a los demás? Y si no respeto a los demás ¿con qué derecho me voy a respetar a mí? Y tanto ellos como yo somos gente respetable. Debo pedir perdón porque he sido irresponsable, porque he descuidado deberes, porque he dejado que la realidad  -sin timón ni brújula-  se embrolle y se complique. Y una realidad así no puede dar todos los frutos que se espera de ella. Debo pedir perdón porque he juzgado con ligereza las actitudes de la gente y he exigido, en cambio, que a mí se me juzgue con benevolencia, con detenimiento, con mayor valoración de mis cualidades que de mis defectos. Debo pedir perdón porque he inculpado a otros por mis errores. Porque he descargado en otros mis tensiones. Porque he culpado a otros de mis fracasos. Porque he amparado en la imperfección de otros mi propia imperfección. Debo pedir perdón porque he permitido que otros me hagan daño, con la excusa cruel de que su propia conciencia habrá de castigarlos. Debí, por el contrario, defenderme para bien mío, de ellos y de la relación entre los seres humanos. Su conciencia, en realidad, los amargó después y acaso de manera más profunda y prolongada que el daño que les permití hacerme y hubo en ello un placer cruel de víctima de mi parte.

Debo pedir perdón por mi apatía: ante la pena de otros tuve miedo de empañar mi felicidad y me encogí de hombros y me refugié en mi egoísmo tranquilo. Debo pedir perdón por mi generosidad satisfactoria y porque a veces, tras hacer un favor, me sorprendí mirándome en un secreto espejo, admirándome y pensando: “Que buenos sos, Manuel José”. Debo pedir perdón por mis sueños: por refugiarme en ellos, por darles mucho más importancia que a los sueños de los demás, por considerar los míos mucho más dignos e inteligentes que los de otros. Debo pedir perdón porque he buscado competir. Y competir no es sólo triunfar: es, también, derrotar a otros. Es, también, salir derrotado a veces, acumular resentimiento, obligar a que otros lo acumulen en ellos mismos por mi causa. Debo pedir perdón porque he tenido la soberbia de callar mis penas y mis angustias, por orgullo. Y porque, en otras ocasiones, he abrumado a los demás con ellas, por cobardía y debilidad de mi parte. Debo pedir perdón por tantas cosas, por tanta vanidad, por tanto egoísmo y por la habilidad que tengo para disfrazarlos. Debo reconocer  -y reconozco-  la parte de responsabilidad que tengoen el odio, en el dolor, en la incomprensión y en la soledad de los seres humanos. Debo reconocer  -y reconozco-  que yo también tengo culpa, algún grado de culpa, de que la vida no sea más clara y hermosa. Debo reconocer  -y reconozco-  que tengo la obligación de cambiar, de ser diferente, de integrarme a la humanidad como un átomo suyo, útil, feliz y solidario.

Debo pedir perdón. Lo pido. Porque estoy tratando de merecerlo.

               







Publicado por: Marvin Najarro
Ct., USA.

No hay comentarios.: